jueves, 21 de mayo de 2020

El narrador oral y la imagen


Ana María Oddo
Mayo/2020

Introducción

Aunque es un lugar común, no deja de ser cierto que esta pandemia ha provocado una crisis mundial con pocos antecedentes en la historia de la humanidad. Podemos afirmar que ninguno de los que hoy habitamos la Tierra ha vivido jamás algo igual. Podemos afirmar también que, como todas las crisis, esta que nos ha tocado nos ofrece la posibilidad de vivirla como una desgracia o como una oportunidad. Entre otras cosas, oportunidad de mirarnos a nosotros mismos, buscar nuestra esencia como individuos y como seres sociales, es decir, como la persona que somos. Recordemos que los antiguos romanos llamaban ‘persona’ a la máscara con que el actor se presentaba ante el público. ¿Y qué es una máscara? Algo que muestra una parte y oculta otra. De modo que eso somos las personas: seres humanos construidos en función de su entorno social ante el cual muestran algunos aspectos de sí mismos y ocultan otros. Junto a los otros y frente a los otros nos vamos constituyendo, potenciando nuestros recursos, adquiriendo modalidades,  puliendo aspectos que no nos ayudan en el intercambio social. Se puede decir que esto mismo se aplica al narrador/a oral. Por su condición de comunicador necesita de un entorno  social (público, comunidad) frente al cual trata de desplegar sus capacidades histriónicas o, en el mejor de los casos, su arte. Pero es aquí justamente donde creo que debemos detenernos y analizar nuestro ser narrador. Para ello debemos comenzar por respondernos tres preguntas clave: ¿Por qué soy narrador/a? ¿Para qué narro cuentos? ¿Qué aspiro a dar de mí en el acto de narrar un cuento?

Condicionados por estos tiempos extraños que nos toca transitar, los narradores/as orales también nos vimos empujados a modificar ciertos hábitos. Estamos acostumbrados a presentarnos en lugares diversos: escuelas, teatros, bares, bibliotecas, plazas, en escenarios más grandes o más chicos,  pero que siempre  nos exceden en mucho. Algunos cuentan con iluminación específica, otros no. A veces actuamos solos y otras muchas junto a nuestros compañeros narradores. Y siempre tenemos a nuestro público (alumnos, espectadores, transeúntes) ante nosotros. En general hemos aprendido (o estamos en proceso de aprender) a pararnos frente a ellos, a situarnos en el espacio, a negociar con las luces, los micrófonos, la proyección de la voz. Pero todo eso cambió radicalmente. Muchos de nosotros, que hemos resignado muchas cosas en esta cuarentena pero no nuestro deseo de comunicación, optamos por grabarnos en videos para distribuir en las redes. Fantástica idea. La tecnología a nuestro servicio y con ella la posibilidad de llegar a todos, pero en especial a los que están más solos, más aislados. Pero (ya el lector se imaginaba que aquí venía el “pero)” resulta que, para cumplir con sus requisitos, todos esos hábitos antes mencionados y que venían constituyendo casi una subcultura (con códigos y usos propios) deben ser modificados drásticamente. El espacio se nos reduce enormemente: ahora se limita exclusivamente al cuadro de la pantalla de nuestro teléfono/cámara frente al cual estaremos siempre solos, sin el apoyo o intercambio con nuestros compañeros. Las luces serán simplemente las de nuestra casa, lo mismo que los decorados o entornos. El volumen de sonido que lograremos será el que nuestro celular permita como así también la definición de la imagen. Y aquí entramos de lleno en el tema de este artículo: la imagen, nuestra imagen.

I.              la imagen visual

La palabra ‘imagen’ viene del latín ‘imago’ que significa ‘retrato, copia, imitación’.
Cuando nos presentamos ante la mirada de los otros, todo lo que mostramos habla de nosotros, nos dice: aspecto físico, vestuario, modo de caminar, de gesticular, de mirar.  Con todos esos elementos damos a los demás el material con el cual construirán la imagen de nosotros, nuestros retrato, una copia de lo que somos. En la pantalla del celular nuestra figura ocupa un lugar central, preponderante y por lo tanto todos los detalles se agigantan, se ven mucho más. La seguridad o imprecisión se revela en la mirada,  la armonía con la historia que estamos contando se refleja en la tensión del rostro, en los gestos; el vestuario puede favorecer o atentar contra el contenido del cuento, puede mostrarnos con naturalidad o dar la impresión de artificiosidad e incluso, lo que es terrible, distraer al espectador. En el caso del video, a eso hay que sumar el encuadre (¿aparecemos en el centro de la pantalla, a un costado, muy arriba, muy abajo?), la luz (si estamos iluminados, si se proyectan sombras sobre nuestro rostro), el volumen de nuestra voz y la ubicación de la cámara: si nos tomamos muy de abajo, muy cerca, muy lejos, muy de costado, muy reclinados hacia atrás, muy inclinados hacia delante, etc. Todo eso tiene connotaciones diferentes e influyen en el receptor. Hace que se sienta atraído y predispuesto a escucharnos o que abandone rápidamente el video que tanto trabajo nos costó realizar.
Por esa razón nos vemos obligados a aprender no solo de narración oral, que es el centro de nuestro interés, sino también de tecnología y hasta nociones rudimentarias de cine y edición.


II.            La palabra

También lo que decimos habla de nosotros. No todos los narradores podemos contar todos los cuentos. Hay cuentos que elegimos y cuentos que nos eligen. Hay cuentos que nos conmueven y se impregnan en nosotros. De ahí a contarlos hay un solo paso. Hay cuentos que nos atraen pero nos presentan escollos a la hora de transformarlos a la oralidad y nos demandan un trabajo más intenso. En cualquier caso no es arbitraria la elección del cuento y dice sobre nosotros tanto como sobre la historia misma.

No menos importante es el cómo, cómo decimos lo que decimos: entonación, vocabulario, sintaxis. No suena igual ni promueve la evocación de la misma manera decir: “Mi mamá cocinaba batatas al horno” que decir: “Batatas al horno hacía mi madre”. En el primer caso la sintaxis es más común, más esperable. Usar la palabra ‘mamá’ y colocarla al principio nos lleva directo a ese personaje. En el segundo caso la evocación es atraída  por el objeto ‘batatas al horno’ que al aparecer en primer plano guía nuestra atención hacia él con las connotaciones de fragancia, sabor, color, y, por lo tanto nos propone un proceso más rico, más sugestivo. Invita a la participación del lector-oyente en forma más activa que en el primer caso. La frase “mi mamá” implica una relación íntima, consumada. “Mi madre” sugiere una búsqueda, un cierto distanciamiento. Por otra parte,  una sintaxis de períodos largos, de largas aclaraciones intercaladas, demora la acción. Y sabemos que lo central en la narración de un cuento es la acción: ni comentarios, ni opiniones, ni explicaciones ni aclaraciones sino hechos. Todo esto impacta en quien recibe el mensaje, lo involucra de una forma o de otra y provoca actitudes de adhesión, indiferencia o rechazo, aunque no pueda explicárselo conscientemente.


III.         Sugerencias

Como todo aprendizaje, hacerse consciente de estos elementos es un proceso que nos exigirá tiempo, dedicación y compromiso. Pero dentro de ese proceso hay dos momentos fuertes: observación y reflexión.
Observación: ya que contamos con los videos propios, de nuestros compañeros y de tantos narradores, dediquemos un tiempo a observarlos con atención:
-encuadre
-enfoque
-postura corporal
-iluminación
-sonido
-vestuario: tipo, colores, elementos destacados, accesorios.
-maquillaje (adecuado, excesivo, artístico, etc.)
-entorno: qué se ve alrededor (contribuye al clima del cuento, es indiferente, hay desorden, prolijidad, colores, adornos excesivos o moderados, etc.)
 -uso del lenguaje:
-verbal (claro, confuso, vocabulario y sintaxis adecuada a la historia y destinatarios,  etc.)
-no verbal (gestualidad, entonación, ritmo)

Reflexión: observar atentamente qué efecto nos produce aquello que vemos y escuchamos. ¿Nos emociona, nos atrae, nos causa gracia, moviliza sentimientos, recuerdos, sensaciones? ¿Por qué?

Es cierto que el análisis demasiado minucioso sobre un producto artístico puede conducirnos a una trampa: caer en la tentación de pensar que siguiendo un instructivo se pueden resolver todas las dificultades.  Sabemos que no es así. Sabemos también que la narración oral es espontaneidad, comunicación en un aquí y ahora, intercambio con el público.  Y aquí surge una inevitable pregunta: ¿cómo manejar entonces ese margen de improvisación que la oralidad tiene?
Justamente ese es el espacio más escurridizo, sobre el que no podemos dar recetas. “Oficio trémulo” lo llama Ana María Bovo, “lo incapturable”, dice Rubén Szuchmacher. Es allí donde se pone en juego y se despliega la persona que somos, donde la máscara muestra mucho más de lo que esconde, donde la imagen dice y nos dice.  Tal vez un primer acercamiento a esta resbaladiza cuestión es plantearnos la diferencia entre contar un cuento y tener algo que decir.

Estoy absolutamente convencida de que es necesario estudiar, conocer, saber mucho, investigar, para que ese conocimiento se convierta en nuestra verdad íntima, para construir la base del iceberg y después, sintiéndonos sostenidos por ese bagaje, ser capaces de bailar en puntas de pie sobre la cima.


Conclusión

Cuidar nuestra imagen frente al público se hace más importante en estos tiempos en que la presencia física ha sido reemplazada por la presencia mediada por el video. Esto nos obliga a aprender técnicas que no hacen a la esencia de nuestro oficio pero que lo vehiculizan y pueden colaborar o atentar contra el hecho comunicativo que buscamos. La mejor forma de aprender, en nuestro caso, consiste en observar y reflexionar no para desvalorizar lo ya hecho sino para ir superándonos cada vez, buscando el tono, el gesto, la mirada, la palabra que mejor transmita lo que queremos comunicar.  Estudiar para aprender. Investigar para sacar la veta artística que habita en nosotros. Dejarnos tomar por la historia elegida para que podamos contarla con todo nuestro ser, involucrando en nuestra imagen (cuerpo y palabra) la persona que somos.


Regalito de despedida: Hace un tiempo escribí un poemita destinado al oficio de poeta pero válido para todo trabajo de creación:

Intemperie
Hay que saber que en este oficio
todo es intemperie
desnudez
toda máscara revela
la verdad inexorable.
No habrá ropaje que resista
ese temblor
ese nacerse limpio
ese resplandor de blancos huesos
esa voz  que te murmura.

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